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9 Abril 2008

Ya no mato a las Procesionarias

Pedro Bonache Meliá reflexiona, para Olocau.Digital, sobre la Primavera, en sus escursiones en bicicleta de montaña por la Sierra de la Calderona.

 

 

YA NO MATO A LAS PROCESIONARIAS.

 

Fue hace un par de meses, cuando descubrí los sedosos nidos de las procesionarias tejidos entre las acículas de los pinos.

Aún helaba de madrugada y daba un corto paseo a mi galgo bardino por los pinares del Pla de Colom.

La humedad y el hielo los hacia destellar con las primeras luces de un día que asomaba sobre el mar y que poco a poco descubría los perfiles de la Sierra Calderona..., unos minutos después rodaría por ella sobre la bicipalo.

Recuerdo que aquella madrugada me dio la sensación de que eran demasiados nidos de orugas los que descubría entre sus ramas, pero no le di mayor importancia, imaginé que sería una percepción incorrecta.

Pero unas semanas más tarde tuve la certeza de que mis sensaciones no estaban equivocadas.

 

Rodando sobre mi bici de montaña por la vía de servicio y a la altura de la Urbanización Torre de Porta Coeli, comencé a cruzarme con largas hileras de procesionarias que llegaban desde el lado cercado de la base militar hacia los pinos crecidos al otro lado de la malla metálica que delimita la urbanización.

Esquivé las que pude sonriendo ante mi actitud..., tan distinta a la que tenía 30 años atrás, cuando por esta época del año descubría a aquellas orugas en sus vulnerables procesiones, siendo yo un crío de unos 10 o 12 años al que le gustaba explorar bajo las piedras y entre los pinos.

Recuerdo que mis tías me advertían que tuviese cuidado con aquellas pequeñas y peludas orugas, sobre todo con eso, con sus pelos que podían volar hasta clavarse en mis pupilas.

 

“Hay que quemarlas, hay que quemarlas..”, solían decir y con el alcohol del botiquín las rociaba, aquella llama azulada era invisible a la luz del cálido marzo pero realmente mortífera, las orugas se estremecían, se contraían sobre si mismas y morían ante mis ojos con sus pelos carbonizados, ya inofensivos, volatilizados..., y lo hacia porque se comían los pinos, no por maldad.

Y ahora, con 42 años trato de esquivar sus procesiones, aunque a veces no puedo y paso sobre ellas con las ruedas de la bicipalo.

En ese momento la hilera se parte, quedan separadas pero a los pocos minutos vuelven a encontrar a la oruga que las precedía y con una capacidad de orientación fascinante, con una perseverancia innata vuelven a contraer y a extender sus pequeños cuerpos hacia la conífera más próxima, treparán por su corteza y terminarán instalándose entre sus ramas, allí completarán su ciclo biológico arrasando el follaje hasta dejar al pino como desnudo y grisáceo, casi muerto ante los ojos alarmados de Homo sapiens que las considerará una plaga.

Ante mis propios ojos cuando ruedo entre las pistas forestales de la Sierra Calderona, la verdad es que esta primavera se han cebado bien con estos jóvenes pinares que surgieron vivaces de entre los últimos grandes incendios.

Cuando se asciende por la blanquecía pista del Portixol se pueden ver sus ramas devoradas, también cuando serpenteo en los pedregosos caminos que conducen a la carretera de Olocau desde la pista que sube a la Fónt de l´Abella o hacia la Font de la Gota.

Antes de llegar al la cuesta del Hombre o Portixol, sale ese camino hacia la izquierda en un suave y tortuoso descenso, precioso, estrecho, entre surcos y estratos grises que surgen de las entrañas de la Calderona..., ahí, en un repechito también veo las siluetas desnudas de los pimpollos con el cielo azul tras ellos, las procesionarias no han dejado ni una aguja, pero espero que al final del verano vuelvan a estar cubiertos de verde.

Pero sigo pedaleando sobre la tierra y descubro otros pinares densos y sanos, algunos cucos ya llaman desde ellos, las abubillas también..., la primavera ya ha llegado y eso me llena de felicidad, siento un placer difícil de describir, cada vez que amanezco aquí, en la sierra y me llena de gozo al descubrir los lirios azules que ya han florecido entre los roquedos que jalonan la subida del Campillo a Coronel, es la pista que sube desde el Pla de Lucas hacia el Collado de la Morería.

Son unos efímeros bulbos que pronto marchitaran para quedar larvados hasta el año que viene, si no pasa nada volveré a verlos desde mi bici de montaña, será otra vivificante primavera, otro estallido de vida y de alegría, volveré a cruzarme con las procesionarias, a escuchar el canto de las alondras y el canto del pájaro amigo al amanecer, son los trinos de los mirlos que me hacen sonreír cuando los oigo aún entre las sabanas..., es la primavera, es la Sierra Calderona, es el vínculo con la Madre que llama a nuestro ser más profundo, al yo ancestral que aún habita entre nuestros genes y entre nuestros pliegues cerebrales heredados, ancestros tras ancestros y en especialización continua, en selectiva evolución desde hace 25 millones de años.

 

 

La bici tuneada de Pedro Bonache Meliá
 
 
 
 
Procesionaria sexi

 

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